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La casa a la orilla del camino

¿Qué hace él en ese lugar?, ¿en qué sitio?, ¿por qué está allí?…

El día ya había olvidado como brillar, el cielo estaba oscuro, la luna menguaba, un viento frío se derramaba sobre la noche; mientras tanto, él caminaba. Sus pasos lo habían llevado hasta donde estaba ahora parado, pero se encontraba cansado, estropeado por culpa del camino. Entonces, entendió que debía descansar, y mirando hacia la orilla del carretero, observó una piedra de tamaño mediado, así que fue hasta donde estaba la piedra y se sentó.

Su rostro se mostraba exhausto… o más bien, ansioso. Uno podría creer que es por el cansancio, más no es así, ya que existe otra razón, un motivo no dicho, pero evidente para cualquiera que esté en la misma situación: la noche sin luna lo había privado de todo valor. El corazón le daba tumbos en el pecho, y sus ojos vendados por la oscuridad, apenas podían distinguir la distancia de unos pocos pasos. ¿Quién reaccionaría diferente?

El joven no estaba perdido, él sabía muy bien en que parte del camino estaba, pero esta vez, por extraño que parezca, se vio de pronto desorientado. Y no solo eso, sino que también se vio abrumado por una repentina sensación que es la misma que suelen sentir los que tienen fiebre, el joven tenía escalofríos. Existía una respuesta a su padecimiento, más no era la de la escusa de la enfermedad; o quizás, sí que sufría una afección, pero su dolencia se encontraba en lo profundo de su subconsciente, es decir, el joven tenía miedo. Él estaba enfermo de miedo y no hallaba doctor que lo cure.

Ante estas circunstancias, el joven maldijo, eso sí, en silencio, porque quién sabe qué criaturas esconde la noche, y que clases de seres estén al acecho, resguardados en las sombras. El reproche que salió como una bocanada de aire de su boca, no fue hacia otra persona que el mismo. A la persona que fue en el pasado y que tomó la mala decisión de no pensar en las consecuencias de sus acciones. Es por esa razón que no se aguanta la culpa ni la rabia y sobre todo, la angustia que siente por no llegar rápido a su casa.

Hace tan solo unas horas atrás, en la mañana, él estaba en su casa, tranquilo, sin preocuparse de nada. Aprovechando el día libre, alejado de los potreros y sus garrapatas, lejos del sol arrasador. Sin embargo, pensó que pasar su único día libre en casa, no le traería la verdadera satisfacción, así que, poniéndose ropa de salir, luego de que sus hermanos rechazaran la invitación que les hizo para ir al pueblo, partió solo por el camino largo y pedregoso. 

Al llegar a la ciudad, no hizo más que divertirse, andando de un lado para otro, platicando con los señores del mercado, enterándose de todos los chismes del día a través del periódico, viendo jugar por la tele a un equipo de fútbol que desconocía… en fin, perdió la noción del tiempo. Tarde fue cuando se dio cuenta de que el sol se desmayaba por el Oeste y fijándose en el reloj, se dio cuenta de que marcaba las seis y media. El tiempo de regresar se había pasado hace mucho.

Tomó un taxi, pagando una cantidad que en otras circunstancias ni siquiera se imaginaría. El auto se detuvo justo antes de ingresar a la guarda raya por la que tenía que ingresar, “por allá andan los diablos” le dijo el taxista al muchacho en tono preocupado. El joven entendió y se bajó del taxi, mientras tanto el taxista daba la vuelta en dirección a la ciudad, y marchaba para siempre de su vista. La autopista quedó vacía… vacía y oscura, pero no tan oscura como el camino que el joven tenía delante de sí.

Cabe recalcar que para estas instancias el sol no dejaba caer un solo rayo de su luz, y la luna se ocultaba en su cuna hecha de noches, dejando desamparado al pobre muchacho. Este se quedó paralizado ante el destino que se mostraba difuso en su cabeza. Frente a él, solo se extendía el camino largo, pedregoso, con sus contornos llenos de maleza, y con sus árboles lúgubres que le hacían palpitar con rapidez el corazón.



¡Tres horas! ¡Tres horas!, debía caminar a paso rápido para llegar a su casa a eso de las diez. Cuando pensó en ello, se empezó a sentir inquieto, el corazón se le inquietó, la oscuridad lo inquietó, la noche lo inquietó, la quietud de la ausencia lo inquietó… se volvió un manojo de nervios. Aun así, haciendo caso omiso a sus temores, empezó a caminar, hasta llegar a la piedra en la que está sentado descansando. O al menos, lo hace en apariencias, pero la realidad es que él no desea estar allí. Empapado en sudor, con el cuerpo tembloroso y la respiración agitada, se encuentra el muchacho. El estado en el que se está, no es por causa del cansancio, como bien se sabe, sino más bien por una razón más personal o, mental, sería la manera más exacta de decirlo. Pero, ¿qué razón?, ¿qué lo hace actuar así?, ¿qué lo inmoviliza a estas alturas del camino?

El joven desea con toda el alma irse de allí, pero el cuerpo no le responde, está sujeto, sus pies, sus manos, su cuerpo, su mente, toda su presencia está atada a esa roca. La roca es su refugio, un lugar seguro y sagrado que lo protege del ruido sordo de la noche, del sonido errático que hace la hierba al momento de que alguien (o algo) se mueve por entre ella. Un silbido agudo llega a sus oídos, se lo oye a la distancia, los insectos parecen murmurar palabras incongruentes, las ranas croan en un concierto espeluznante y las sombras toman forma frente a sus ojos que no ven más que la negra noche. Y el joven, rodeando de todo esto, no hace más que desear, no estar allí, desea irse, pero hay algo, algo que se lo impide…

Si se mueve de esa piedra, tendrá que ser valiente, y enfrentarse a sus propios pasos, y a la falta de visión, pero sobre todo, tendrá que subir aquella “colina” que se alza imponente a pocos metros de él. Aquella “colina” densa y fría, con una planada en la parte más alta. Llena de árboles que cubren el cielo como en ninguna otra “loma”. Más el problema no es la “lomada” en sí, ni sus árboles altos que cubre el cielo, el problema es mucho más simple, aterrador y físico… al final, todo ese temor queda reducido a “la casa a la orilla del camino”.

Muchas son las historias que se cuentan de esa “casa”, y muchas de ellas el joven escuchó. Lo hizo tantas veces que llegaron a aburrirle, se cansó de ellas y las tiró en algún rincón de su memoria. Pensó que las había olvidado… pero se equivocaba, no había olvidado, su condición actual es la viva prueba. Las historias antes contadas en su niñez, regresaron más vivas de lo que él recordaba, colapsando a la fuera, las puertas de su valentía.


Planta cara, a la inmensa oscuridad que tiene delante de sus ojos, observa sus adentros… se imagina avanzando en la sombría niebla imperceptible, caminando por entre los árboles y finalmente, sintiendo al pasar, el vaho helado que emana “la casa a la orilla del camino”. El solo pensarlo le pone los pelos de punta y un frío de muerte le recorre toda la espina dorsal, hasta llegarle a la cabeza, se la rasca, no funciona, la sensación no se desvanece. Pero no se rinde, se sobrepone al miedo, entregándose a lo último que le queda de valor y camina. Con pasos lentos, temblorosos, inseguros, discretos, camina, sin mirar atrás. 


Va a mitad del ascenso y ya tiene ganas de volverse a su roca segura, pero no lo hace, sabe bien que si se rinde ahora, no regresará a casa esta noche. Dentro de sí, razona que es mejor temer un rato, antes que pasarse toda la noche asustado. Sigue subiendo, le parece escuchar unos pasos a su espalda, no voltea, los pasos siguen detrás de él, se detiene, las pisadas hacen lo mismo, continúa avanzando, al igual que los pasos a su espalda. El Sudor emana de su cuerpo, presiente que perderá la cordura, aun así no la pierde, sino que se recupera y voltea… y ¡ahí está!, llenando todo el espacio vacío, la nada misma. No hay sombras a sus espaldas, ni criaturas desconocidas que lo acosan, ni espectros que lo persiguen, solo la nada y nada más que la nada.

Termino su ascensión, ahora solo resta la planada, la casa abandonada, el resto del camino y finalizar la noche en casa. Se acerca poco a poco, a medida que lo hace, la mente se le va sumiendo en el más tormentoso de los miedos. Su cuerpo exuda miedo y lo va derramando gota a gota a lo largo del camino, al igual que un animal desangrándose por la herida de su tenaz depredador. La cosa horrorosa está a tres pasos, dos, uno… ¡Aquí está!, con su infraestructura hecha de hormigón, musgo e historias, sus dos ventanas sin marco, semejantes a dos ojos que vigilan desde las tinieblas. La entrada sin puerta, como fauces, devora hombres y su jardín siniestro que espesa el ambiente; la casa es, sin duda, el patio de juego de los demonios. Un sonido que se escucha como un quejido parece provenir desde el interior de la misma, el joven cree oírlo y se asusta. La sangre empieza a subírsele a la cabeza, el corazón no sabe calmarse, las manos le tiemblan, el cuerpo le suda, tropieza con las piedras, pero no se rinde. Pese a que sus pies están rígidos, lentos, pareciera que alguien lo sujeta desde atrás, como queriendo empujarlo hacia su perdición.

Más el muchacho se niega a perder, no quiere ser víctima de su propia debilidad. Es entonces que se libera de lo que lo ata, tomando el valor como aliado. Luego, reza a Dios con todas las palabras que se sabe y promete cosas que quizás no cumplirá… Pero, ¡mira!, el joven logró salir de aquella planicie, dejando atrás sus miedos, ahora empieza a descender por el otro extremo de la colina. Y mientras, más se aleja de “la casa a la orilla del camino”, más relajado se siente (aunque las piernas aún le tiemblan un poco).

Es una sonrisa… es una sonrisa la que se ha formado en el rostro del joven, porque está contento por el mal que logro dejar atrás. A partir de aquí, el camino es ya corto, tan corto que no teme, pues ya no hay ninguna construcción abandonada de la que atemorizarse. Además, tiene una ligera impresión, de que por razones ya conocidas, se ha vuelto más valiente; pero quien sabe, tal vez, y solo tal vez, puede que tenga razón. 


Comentarios

  1. Es un pequeño Cuento que hice, espero alguien lo disfrute. Además, si alguna persona desea compartir su historia, estoy presto a leerla.

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